Trabajo, honestidad, humildad, paciencia y fortaleza. Estas son las cinco virtudes principales de mi primer y mejor maestro: mi padre.
Desde que tengo memoria lo he visto siempre levantarse muy temprano, lleno de energía y de ganas de vivir, dedicado alegremente a su trabajo de agricultor y ganadero, combinando su preparación técnica adquirida en Iowa y su férrea vocación. Mis primeras lecciones: travesías infantiles de las que tanto aprendí, entre Dulce Nombre y Santa Teresita; en tren, en jeep, a caballo… viajes simbólicos, en contacto directo con la naturaleza y con la producción, que marcaron mi destino. La construcción de las casas, de los trapiches y de las lecherías, el cultivo del café y de la caña de azúcar y la crianza del ganado… el aire fresco de Las Cóncavas y la lluvia vivificante de La Flor.
El respeto profundo por los trabajadores, a quienes conocí como nuestros amigos, con los que compartimos aguadulce, tortillas y fraternidad. De mi padre heredé la forma de ver la vida, de ser solidario y profundamente respetuoso con los más débiles. De mi padre aprendí a trabajar desde temprano hasta muy tarde. De mi padre aprendí que la felicidad es un deber, no un derecho. Hoy que cumple sus 71 años y sigo aprendiendo más y más de él.




